La historia de Roberto Gómez Bolaños y Florinda Meza siempre estuvo bajo el reflector. Entre risas y fama, pocos sabían que detrás hubo un corazón roto. Antes de Florinda, Chespirito compartió más de 20 años con Graciela Fernández, madre de sus seis hijos. El episodio 8 de la serie Chespirito: Sin querer queriendo aborda justo ese punto de quiebre. La escena no deja dudas, la culpa también fue parte de Chespirito durante la separación con su esposa.
Nos situamos en 1978. Roberto —interpretado por Pablo Cruz Guerrero— conversa con Margarita —personaje inspirado en Florinda Meza—. Ella le suelta una frase directa: lo que siente no es deber… es culpa. Él, abatido, reconoce que no deja de pensar en Graciela ni en sus hijos. Las memorias lo abruman y —en esa tensión— Margarita le exige que se vaya.
No por enojo, sino porque cree que su corazón aún no se ha despedido de su pasado. En su libro autobiográfico —publicado cuando aún vivía— Chespirito fue totalmente honesto sobre la separación con su esposa. Aceptó que separarse de Graciela fue un proceso duro y lleno de emociones. Aunque sabía que ya no eran compatibles, no pudo esquivar la culpa. No la culpa ajena, sino esa que uno se pone encima sin piedad.
“Con cierto masoquismo hace que uno se considere como único responsable de lo acontecido, cuando la realidad señala que siempre hay que compartir la culpa”, escribió.
Con el corazón en la mano, Chespirito, narró cómo el dolor de sus hijos lo marcó para siempre durante la separación con su esposa. No bastaba con tomar distancia, también entregó todo lo material a Graciela. Casas, terrenos, muebles, hasta su mejor carro. No era un pago —decía— sino una forma de intentar sanar. Aun así, el perdón no llegó de un día a otro. Necesitó tiempo, introspección y humildad. Y aunque el público recuerda el amor entre Roberto y Florinda, esta parte íntima de su historia muestra otra cara del ídolo. Una más humana, más frágil… más real.

























