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En Matamoros, unos 170 migrantes atrapados que siguen esperando una oportunidad que parece no llegar. Las políticas migratorias de Estados Unidos les cerraron el paso, y ahora están varados, sin rumbo claro y con pocas opciones a la mano. Francisco Gallardo, responsable de la Pastoral de la Movilidad en la Diócesis de Matamoros-Reynosa, lo resume con claridad:
“Para ellos sigue siendo su objetivo la esperanza de poder cruzar hacia Estados Unidos, a ellos no se les ha terminado y continúan esperando algún programa para lograr su meta, pero también hay algunos que ya se han regresado a sus lugares de origen, a sus países”.
Quienes se han quedado no tienen documentos para circular libremente por México, ni mucho menos una garantía de estabilidad. Por eso, muchos apenas sobreviven en condiciones precarias, refugiados en albergues como la Casa del Migrante.
En Reynosa, cuentan con cerca de 35 personas, incluidos niños, mujeres y hombres. En Matamoros la cifra de los migrantes atrapados es similar. A eso se suman otros espacios como el campamento Alfredo Pumarejo, con entre 80 y 90 migrantes, y el albergue San Juan, con unas 20 personas más. Gallardo lo explica sin rodeos:
“Entonces todavía creemos que hay un buen grupo de personas sin una estabilidad económica para poder sobrevivir o vivir en la región”.
La mayoría sobrevive con trabajos informales, porque no tienen los papeles para ser contratados legalmente. Ahora, el panorama ha cambiado para los migrantes atrapados en Matamoros. Ya no se ve tanta llegada de migrantes de otros países. En cambio, quienes siguen aquí están buscando reubicarse dentro de México, intentando hallar mejores oportunidades.
“Lo que venía es que sí hay una situación para ellos emotivamente difícil, porque esperaban llegar a los Estados Unidos sin embargo al no lograrlo ahora están varados y sin los recursos necesarios. Ellos lo que piensan es moverse a otro lugar aquí mismo en México en donde consideran que hay un mayor movimiento de trabajo y que les pueden pagar mejor”.
El sueño americano, para muchos, se ha convertido en una larga espera sin final. Mientras tanto, la incertidumbre sigue siendo su única certeza.
Por Jorge Capetillo
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