Entro a sugardaddylatam.com con el perfil más sobrio que puedo crearme: foto neutra, ocupación genérica, ciudad: CDMX. La portada promete “relaciones exclusivas”, “acuerdos beneficiosos” y guías de seguridad, definiciones de sugar baby y sugar daddy y una sección específica para México. En minutos recibo mensajes: presentaciones cortas, preguntas directas sobre expectativas y tiempo disponible. La plataforma se presenta como una “red social de contactos” y pone a un clic consejos para “la primera cita”.
Acordamos vernos en un café de la Roma Norte. Llega Valeria (22) —chamarra de mezclilla, libreta en mano. Antes de hablar de dinero, pacta límites: “no fotos íntimas, nada de visitas a casa la primera semana”. Dice que trabaja de medio tiempo, que su interés es “combinación de mentoría y apoyo para terminar la carrera”. El código de conversación que se repite en estas citas —“expectativas”, “presupuesto”, “tiempos”, “líneas rojas”— aparece también en los tutoriales del sitio, que aconsejan definir lo que cada parte busca antes de verse.
En paralelo, converso por chat con Monse (27), quien prefiere arreglos “por encuentro” y que el primer pago sea siempre después de la cita; y con Diana (21), que pide “mensualidad fija” y aclara que no está buscando convivencia diaria. Las tres insisten en dos palabras: discreción y seguridad. Mencionan alumbrar el primer encuentro en un lugar público, avisar a una amiga y evitar transferencias previas, prácticas alineadas con los propios apartados de “citas seguras” del sitio.
La cita con Valeria dura 70 minutos. Cierra con una frase que sintetiza buena parte del fenómeno: “si no hay química, cada quien sigue; si la hay, negociamos”. No hay euforia ni condena, sólo una negociación precisa.
Un país hiperconectado que mueve las citas a la pantalla
En México, a inicios de 2024, 107.3 millones de personas usaban internet (83.2% de penetración) y 90.2 millones participaban activamente en redes sociales, es decir, siete de cada diez habitantes. Con una audiencia de ese tamaño, es lógico que arreglos que antes se negociaban en privado hayan migrado a la web y a las apps. Ahí están hoy los perfiles, los mensajes instantáneos y un nuevo protocolo de etiqueta para conversar expectativas.
En la prensa se repite una estadística de 2021: más de 200 mil registros de “sugar daddies” en México. Sirve para dimensionar el interés digital, pero hay que tomarla con pinzas: proviene de cuentas en plataformas y no equivale a una medición oficial de cuántas personas participan realmente.
Lo que cuenta la investigación cualitativa
Los estudios realizados en México describen un abanico de experiencias: desde acuerdos instrumentales hasta relaciones que se vuelven afectivas. En casi todos aparece el mismo núcleo: negociar límites, tiempos, expectativas y esa “economía del cuidado” que define quién aporta qué. Nada de esto anula la agencia de las personas adultas, pero sí revela zonas de ambivalencia emocional que la literatura —incluida la recopilada en Dialnet/RELACES— registra con detalle.
Claves para leer el fenómeno sin sesgos
Ni apología ni cruzada moral
Se trata de acuerdos entre adultos que pueden ir del acompañamiento a lo sexual y que conviven con riesgos reales, como las estafas o la explotación. Reconocer ambas caras —negociación y vulnerabilidad— permite mirar el tema sin caricaturas.
El contexto importa
Bajo el mismo nombre coexisten prácticas y marcos legales muy distintos. En México, por ejemplo, la Ciudad de México ha optado por no criminalizar el trabajo sexual adulto en el ámbito cívico, mientras a nivel federal se mantienen y refuerzan las políticas antitrata. De ahí que el debate se mueva entre derechos y protección.
La tecnología cambia el terreno
Las tiendas de apps expulsaron propuestas explícitas, y el negocio se desplazó hacia sitios web y marcas con un lenguaje más suave. Para quien participa, eso significa menos filtros previos y más responsabilidad personal: verificar perfiles, acordar condiciones con claridad y priorizar la seguridad.
Fuentes consultadas
Este panorama se apoya en la estructura y guías de SugarDaddyLatam, en los reportes de DataReportal sobre la audiencia digital mexicana, en la cobertura de Reuters/Thomson Reuters Foundation sobre cambios normativos en la CDMX, en diagnósticos de la OSCE sobre riesgos en plataformas —incluidos los sitios “sugar”— y en literatura académica disponible en Dialnet/RELACES.
Razonamiento final: la cita a la luz de los datos
Cuando me senté en aquel café y escuché el “si hay química, negociamos”, todo lo anterior cobró sentido práctico. El encuentro fue posible porque el país está masivamente conectado y porque las plataformas facilitan el primer contacto en minutos. La conversación giró en torno a límites, tiempos y expectativas, tal como describen los estudios cualitativos. Y el hecho de vernos en un lugar público, sin adelantos de dinero ni promesas apresuradas, encajó con la necesidad de mayor verificación y seguridad que impone el desplazamiento de las apps a la web. La escena íntima confirmó lo que dicen los números: más que una historia de extremos, el sugar dating en México se construye en el intermedio, donde acuerdo y cautela conviven y donde la información —no el estigma— es la mejor herramienta para decidir.

























