El ambiente en el atrio era de fiesta. Los alrededores del templo se llenaron de color, incienso y oraciones. Puestos improvisados ofrecían veladoras, escapularios, imágenes y flores que los fieles compraban para cumplir promesas o llevar una bendición a casa. En cada gesto, un mismo sentimiento: la fe en “San Juditas”, como lo llaman con cariño.
“Vengo cada año, él nunca me ha fallado. En los momentos más difíciles, cuando parece que no hay salida, San Juditas siempre nos escucha”, expresó la mujer con los ojos brillantes mientras sostenía su imagen rodeada de flores amarillas.
Frente al templo religioso, varios danzantes con trajes coloridos se postraban antes de entrar. Sus pasos, marcados por tambores y sonajas, también eran oraciones. Muchos de ellos cumplen promesas nacidas en medio de la desesperanza y encuentran en el baile una forma de agradecer.
Además, los tonos verde, blanco y amarillo, característicos del santo, dominaban la escena. Dichos colores se veían en las ropas, en los moños de los niños y en los altares improvisados.
A pesar del calor del mediodía, las personas permanecían frente al templo religioso. Algunos rezaban, otros encendían veladoras o simplemente miraban al cielo. En cada mirada había gratitud y, en cada plegaria, la promesa de volver el próximo año.
En el Cascajal, más allá de los milagros, el santo querido por el pueblo, San Judas Tadeo, representa la fuerza de la fe: esa que acompaña a quienes enfrentan sus batallas con la esperanza de que todo, tarde o temprano, se resolverá.
Por Rufino Aguilera

























