La lucha de una abuela en Altamira por darle una oportunidad de vida a su nieto. En el fraccionamiento Haciendas II, el tiempo no se mide en horas, sino en respiraciones. Para María Luisa Flores, cada minuto es una batalla vigilante contra el silencio, ese que podría indicar que su nieto, de apenas un año y ocho meses, ha dejado de respirar.
Con la voz quebrada por el cansancio acumulado, pero con la determinación que solo el amor incondicional otorga, María Luisa relata una realidad que pocos podrían resistir. Su nieto nació para luchar: padece una malformación en el esófago que le impide ingerir alimentos. Lo obliga a depender de una sonda para sobrevivir. A esto se le suma un diagnóstico de autismo y una hernia que complica aún más su frágil estado de salud.
Altamira: la lucha de una abuela que no abandona a su nieto
La historia del pequeño está marcada por una dolorosa ausencia. Ante la complejidad de sus padecimientos, su madre biológica decidió marcharse hacia Ébano, San Luis Potosí, dejando atrás la responsabilidad de su cuidado. Desde ese primer respiro, fue María Luisa quien tomó el lugar que quedó vacío.
“El niño es mío, yo lo cuido desde que nació”, afirma con firmeza. Sin embargo, la devoción absoluta tiene un costo. La vigilancia constante que requiere el menor —quien se enferma a diario por la acumulación de flemas y corre riesgo de asfixia incluso con su propia saliva— impide que María Luisa tenga un empleo formal. Su sustento depende de la venta de ropa usada en los “rodantes” y de la caridad de vecinos que se han convertido en su red de soporte.
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