Desde hace un par de años, el término nearshoring dejó de ser un concepto de manual de negocios para convertirse en una realidad palpable en el paisaje industrial mexicano. Empresas de Estados Unidos, Europa y Asia han comenzado a mover parte de su producción y de sus operaciones de distribución hacia territorio mexicano, atraídas por la cercanía con el mercado estadounidense, los beneficios arancelarios del T-MEC y una mano de obra calificada a costos competitivos frente a otras regiones del mundo.
El fenómeno, sin embargo, no surgió de la nada. México lleva décadas construyendo una vocación exportadora que arrancó con el Programa de Industrialización Fronteriza en los años sesenta y se consolidó después con el esquema IMMEX, el mecanismo que permite a las plantas importar insumos temporalmente sin pagar aranceles siempre que el producto terminado se destine a la exportación. Ese andamiaje legal, pensado originalmente para la maquila textil y electrónica de la frontera norte, es hoy la base sobre la que se monta buena parte del nearshoring: las empresas que llegan no encuentran un terreno regulatorio desconocido, sino un sistema aduanero y fiscal que ya tenía más de treinta años de rodaje cuando empezó a hablarse de la relocalización de cadenas de suministro.
El fenómeno no es exclusivo de las plantas manufactureras. Ciudades como Monterrey, León, Querétaro, Tijuana y Ciudad Juárez han visto un repunte sostenido en la construcción de parques industriales, y junto con ellos, de centros de distribución que sirven como bisagra entre la producción y el consumidor final. Los desarrolladores inmobiliarios industriales reportan tasas de disponibilidad cada vez más bajas en naves logísticas, un indicador que suele anticipar más construcción en los próximos trimestres.
Los sectores automotriz, electrónico y de electrodomésticos han sido los más visibles en esta ola, pero el comercio electrónico ha añadido una capa adicional de presión sobre la infraestructura logística. Las promesas de entrega en uno o dos días obligan a las empresas a multiplicar sus centros de distribución regionales, acercando el inventario al consumidor final en lugar de concentrarlo en una sola bodega nacional.
El tamaño de la empresa que llega determina buena parte del tipo de infraestructura que necesita. Una armadora automotriz o un fabricante de electrónica de gran escala suele construir o rentar de forma directa su propio centro de distribución, diseñado a la medida de su línea de producción. Sus proveedores de segundo y tercer nivel, en cambio, empresas mexicanas más pequeñas que fabrican componentes o realizan ensambles parciales, rara vez tienen ese margen financiero. Para ellas, la opción más común es rentar espacio dentro de naves compartidas operadas por operadores logísticos externos, conocidos en la industria como 3PL, que ofrecen bodega, personal y equipo de manejo de materiales como un servicio contratado en lugar de una inversión propia. Este esquema ha crecido de forma notable en los parques industriales del Bajío, donde conviven bajo un mismo techo varias empresas que abastecen a un mismo cliente final.
La presión sobre el suelo industrial ya se refleja en los precios de renta, que mantienen una tendencia al alza en las principales plazas fronterizas y del centro del país. Ciudades secundarias como Saltillo, Ramos Arizpe y San Luis Potosí, que hace apenas una década figuraban poco en el radar de los grandes desarrolladores, hoy compiten activamente por atraer parques industriales de nueva generación, muchos de ellos pensados desde el diseño para operaciones de almacenamiento y distribución regional, no solo para manufactura.
Los cuellos de botella que no aparecen en los anuncios de inversión
Detrás de cada anuncio de una nueva planta hay una pregunta que rara vez se menciona en el boletín de prensa: ¿hay suficiente energía eléctrica para operarla? En Nuevo León, la zona industrial que ha capturado buena parte de la atención del nearshoring, la demanda eléctrica de los nuevos parques ha crecido a un ritmo que ha obligado a varias empresas a construir subestaciones propias o a firmar contratos de suministro calificado con generadores privados, en lugar de depender exclusivamente de la red de la Comisión Federal de Electricidad. La disponibilidad de agua es otro factor que empieza a influir en las decisiones de ubicación, particularmente en el área metropolitana de Monterrey, donde los periodos de sequía de los últimos años han puesto el tema en la agenda pública y han llevado a varios desarrolladores industriales a evaluar sistemas propios de tratamiento y reúso de agua para sus procesos.
La otra frontera, la física, tiene su propio cuello de botella: los cruces fronterizos. Puentes como el de Laredo-Nuevo Laredo o el de Otay Mesa en Tijuana concentran una proporción enorme del comercio terrestre entre México y Estados Unidos, y los tiempos de espera para el cruce de tráileres siguen siendo, según reportan de forma recurrente las cámaras de comercio exterior de ambas ciudades, uno de los principales dolores de cabeza para cualquier operación logística que dependa de entregas puntuales. La solución no ha sido tanto la construcción de más puentes, un proceso binacional lento y costoso, sino la inversión en tecnología de inspección no intrusiva y en programas de certificación aduanera que permiten a las empresas con buen historial de cumplimiento cruzar con menos revisiones físicas.
La otra cara del boom: equipar las bodegas
Levantar una nave industrial es solo el primer paso. Una vez construida, cada bodega necesita ser equipada para operar con eficiencia, y ahí es donde entra un mercado que rara vez aparece en los titulares: el de la maquinaria de manejo de materiales. Las empresas que se instalan en México, o que amplían su capacidad ya existente, buscan equipo capaz de mover tarimas con rapidez en pasillos angostos, por lo que la demanda de apiladores eléctricos ha crecido de forma paralela a la de metros cuadrados construidos.
Marconi-x, una empresa mexicana que provee equipo de manejo de materiales para bodegas y centros de distribución, y que además ofrece fichas técnicas descargables por producto en su catálogo, es uno de los proveedores que ha visto de cerca este cambio en el perfil del cliente industrial: ya no se trata solo de grandes corporativos, sino de empresas medianas que necesitan modernizar su operación logística en tiempos relativamente cortos.
El movimiento interno de mercancía dentro de estas nuevas instalaciones también depende de equipo más sencillo pero igual de indispensable. Muchas bodegas que antes operaban con procesos manuales han incorporado patines industriales para agilizar la carga y descarga de camiones, un cambio que reduce tiempos muertos y disminuye el riesgo de lesiones asociadas al manejo manual de cargas pesadas.
El impacto del nearshoring, sin embargo, no se limita a la infraestructura física. También ha generado una demanda creciente de personal capacitado en logística, desde operadores de equipo certificados hasta especialistas en cadena de suministro. Universidades y centros de capacitación técnica en el Bajío y el norte del país han comenzado a ajustar su oferta educativa para responder a esta necesidad, conscientes de que la relocalización de empresas seguirá siendo, por lo menos durante esta década, uno de los motores más consistentes de la economía mexicana.
La capacitación de ese personal logístico atraviesa además un cambio generacional dentro de la propia industria. Hasta hace pocos años, la operación de montacargas y equipo de manejo de materiales era un oficio prácticamente exclusivo de hombres; hoy, cada vez más centros de distribución en el Bajío y en la frontera norte reportan una participación creciente de mujeres como operadoras certificadas, un cambio que las propias empresas atribuyen tanto a la escasez de mano de obra calificada como a programas específicos de inclusión impulsados por corporativos extranjeros que replican en México los estándares de diversidad de sus casas matrices.
Analistas del sector inmobiliario industrial coinciden en que el reto de fondo ya no es atraer más inversión extranjera, sino absorber con orden el crecimiento que ya está ocurriendo: suelo disponible, energía eléctrica suficiente, infraestructura vial y, cada vez más, equipamiento interno adecuado para que esas bodegas funcionen a la velocidad que exige el comercio moderno. La conversación pública sobre nearshoring seguirá centrada en fábricas y empleos directos, pero buena parte de su éxito se juega puertas adentro, en la manera en que cada centro de distribución logra mover su mercancía sin cuellos de botella. Alrededor de cada parque industrial nuevo también crece un ecosistema de servicios menores, transporte de personal, comedores industriales y seguridad privada, que rara vez aparece en los reportes de inversión extranjera pero que forma parte inseparable de esta expansión.























